El anciano, por las características inherentes al propio envejecimiento
(cambios fisiológicos, comorbilidad, fragilidad) presenta un mayor
riesgo de enfermar por el tabaco. De la mortalidad atribuible al tabaco,
tres cuartas partes son debidas a cuatro enfermedades: cáncer de
pulmón, EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica, comúnmente
llamada bronquitis crónica), cardiopatía isquémica y enfermedad
cardiovascular.
Dejar de fumar a cualquier edad produce
beneficios muy significativos en la salud, pero entre los ancianos la
mejora de la calidad de vida es especialmente significativa.
Ante
todos estos datos parece lógico pensar que la solución es fácil:
abandonar el tabaco. Pero no es un proceso fácil, sobre todo entre los
mayores. Aquí influyen aspectos socioculturales adquiridos durante toda
la vida y profundamente arraigados en la persona, que siguen perdurando
muchas veces por el pensamiento erróneo de la sociedad e incluso del
personal sanitario que dice "a esta edad, ¿de qué sirve quitárselo?.
Mejor dejarle tranquilo y que el tiempo que tenga que vivir lo haga
feliz".
Para los expertos en Geriatría el tabaco constituye un
serio e importante problema a considerar, tanto por su prevalencia en el
consumo (más grave que en otros grupos, ya que probablemente llevan
fumando muchos años), pero sobre todo por las consecuencias aditivas de
la enfermedad (la mayoría de los que mueren o enferman por el tabaco no
son especialmente "grandes fumadores", pero han empezado a fumar muy
jóvenes)
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