Los abuelos maternos
están en otro caso. Muchas veces han de llenar el vacío creado
por la desaparición del padre al producirse el divorcio. Cuando
unos abuelos ejercen las funciones que normalmente corresponden
al padre, se crea una situación ambigua. Para el niño, los
abuelos son objeto de cariño particular y está investidos
de una autoridad distinta de la del padre. Si se mezclan los
papeles, el niño parece tener unos abuelos demasiado enérgicos
o un "padre" excesivamente blando.
Si la madre vuelve
a casarse los niños no ganan -contra lo que se podría pensar-
dos nuevos abuelos que reemplacen a los perdidos. Los "abuelastros"
no se sienten especialmente vinculados a los "nietastros",
ni estos a aquellos. A la vez, los verdaderos abuelos paternos
quedan aún más marginados.
Un síntoma más de
la actual patología familiar son los nacimientos ilegítimos.
En Estados Unidos, no llegaban a 400.000 en 1970, pero en
1988 fueron más de un millón. En relación con el total de
nacimientos, pasaron del 11% al 25% en el mismo período. Este
fenómeno también crea situaciones difíciles desde el punto
de vista de los abuelos. Rara vez los abuelos paternos de
un niño nacido fuera del matrimonio ayudan o ven siquiera
al pequeño.
Por su parte, los
abuelos maternos suelen verse obligados a sustituir al padre
ausente. Pero es habitual que estén disgustados por el nacimiento
ilegítimo, lo que puede influir negativamente en su afecto
hacia el nieto. De este modo, el aumento de nacimientos ilegítimos
también contribuye a que haya niños privados de los valiosos
beneficios que les podrían dar unos buenos abuelos.
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