Otro hecho que favorece
la marginación del abuelo es la creciente tendencia a transferir
a instituciones especiales la responsabilidad de cuidar de
los ancianos, que tradicionalmente ha corrido a cargo de la
familia. Esto es, en parte consecuencia de la baja fecundidad,
pues cada vez más ancianos tienen uno solo o ningún hijo que
pueda ocuparse de ellos. También influye el aumento de familias
en que trabajan los dos cónyuges.
Christensen señala
un factor mas: la resistencia pensar en la muerte. Citando
al historiador francés Philippe Ariés, "la muerte se ha convertido
en un tabú, en una cosa innombrable". Se prefiere que el pariente
anciano muera en el hospital, donde "saben que hacer en estos
casos", en vez de en casa, rodeado de la familia, nietos incluidos.
La agonía y la muerte se han hecho casi invisibles, salvo
para los profesionales sanitaristas.
El olvido de la
muerte fomenta la búsqueda de satisfacciones terrenas. "Cuando
la moralidad dominante -dice Christensen- se basa en la existencia
de un juicio después de la muerte, los que está cerca de ella
naturalmente son objeto de un profundo respeto". Mientras
que si sólo se persigue el éxito y la recompensa en esta vida,
la reverencia a los ancianos se pierde en gran medida.
Para que los abuelos
vuelvan a ocupar el lugar que merecen, el autor cree que es
preciso reformar los sistemas de seguridad social, de modo
que las familias contribuyan más al cuidado de sus mayores
en forma directa. El mal estado financiero de la seguridad
social en muchos países puede hacer que, en el futuro, esta
opinión se convierta en un imperativo. De todas formas, no
es una cuestión meramente económica. Si la familia numerosa
sigue siendo una rara avis, resultará difícil que los ancianos
pasen del asilo al hogar familiar.
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