En primer lugar,
ahora es más difícil que los abuelos vivan cerca de sus nietos.
Las distancias hacen que la familia nuclear lleve una vida
separada de los demás parientes. A menudo los abuelos no están
tan lejos que no puedan visitar a los nietos en forma más
o menos regular. Pero las visitas periódicas no son suficientes
para que los abuelos lleguen a formar parte de la vida diaria
de la familia, por lo que se convierten en algo parecido a
los actos sociales, como las reuniones con los amigos.
Otro fenómeno reciente
que aumenta la separación física entre los abuelos y nietos
es la proliferación -especialmente marcada en Estados Unidos-
de zonas residenciales para jubilados, generalmente situadas
en lugares cálidos.
Christensen se refiere
también a los efectos de la cultura juvenil. La exaltación
de la juventud como valor en sí mismo ha llevado a un cierto
menosprecio de los mayores. El culto acrítico a las novedades
crea el prejuicio de que por boca del abuelo habla un pasado
caduco, más que la experiencia y la sabiduría, por lo que
sus opiniones son menos tenidas en cuenta. Esto es, en ocasiones,
tan general y notorio, que muchos abuelos renuncian a dar
consejos a sus hijos y nietos. En consecuencia, los abuelos
de hoy tienen menos autoridad e influyen menos en la formación
de los nietos. Los miman, pero no los educan como en otros
tiempos, ni tienen la misma facilidad para inculcarles verdades
espirituales y morales.
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